Ciento ochenta grados

La luz del atardecer se filtraba ya por la ventana abierta de par en par, Anais terminó de cerrar una maleta no sin esfuerzo.

  • Bueno, pues parece que ya está todo-dijo resoplando mientras sus ojos recorrían la habitación llena de cajas y maletas.
  • ¡Anaaaaaiiiissssss! – El timbre de la puerta sonó insistentemente acompañado de una algarabía que la llamaba entre risas.

Sonrió reconociendo aquellas voces. Detrás de la puerta estaban sus amigos.

  • ¿No pensarías que te íbamos a dejar marcharte sin una última juerga no?

Pasaron en tropel hacia el salón y comenzaron a sacar de unas bolsas de plástico varias botellas de vino y toda clase de patatitas y aperitivos. Anais les miró poniendo una pose dramática de enfado e inmediatamente soltó una carcajada y se unió al grupo.

  • ¿Por qué no? Tengo ocho horas de vuelo para dormir.
  • ¡Esa es nuestra chica!

La habitación comenzó a llenarse de risas y música mientras recordaban las anécdotas más locas de su juventud. Las botellas de vino empezaban a escasear, la velada estaba en su mayor apogeo.

  • Anais antes de irte tienes que hacerlo una última vez ¡y gratis!- soltó Laura entre carcajadas.
  • No, no puedo, sabéis que no y menos ahora después de… ¡Madre mía! ¿Pero cuánto hemos bebido?
  • ¡Va venga! Una última vez porfis…- Las caras de sus amigos eran una poema, la miraban con ojillos implorantes, ¡Cómo les iba a echar de menos!
  • Me presento voluntario- Francis se incorporó y dio unos pasos hasta ella.

Todos comenzaron a reír con complicidad, se había puesto interesante la situación. Anais miró a Francis, a él le echaría de menos más que a nadie, durante los últimos años había sido su confidente, su mejor amigo, su refugio, no habían pasado de darse algún beso en las primeras fiestas pero todos les consideraban pareja y así se comportaban aunque no lo fueran. Los dos tenían claras sus metas por eso nunca se habían dado la oportunidad de ir más allá, no era el momento, aunque ambos sabían que su conexión era algo más que amistad.

  • ¿Estás seguro?-Le pregunto poniendo voz de mala.
  • Absolutamente. Confío en ti plenamente- respondió él mirándola directamente a los ojos, Anais notó que se ruborizaba.
  • ¡Uuuuuuuuuuuuhhhh!- exclamaron todos los demás al unísono.
  • Callaos niños o no lo hará nunca.-Francis lanzó una mirada de reproche a sus compañeros.
  • Está bien, está bien, por petición popular y por última vez antes de convertirse en una prestigiosa doctora de bolsillos llenos y agendas imposibles, Anais, la gran ilusionista, hipnotizara a este joven caballero para disfrute y risas del personal aquí presente.-Hizo una reverencia y salió por unos segundos volviendo con un reloj de bolsillo en la mano -. Ruego silencio en la sala. ¿Estás listo?
  • Sí, eso creo.
  • Bien, toma asiento y respira profundamente tres veces tomando aire por la nariz y exhalándolo por la boca.

Francis siguió obediente las indicaciones que le iba dando Anais, respiró y miró la oscilación de lado a lado del reloj que ella balanceaba. Sus ojos se fueron cerrando y la voz de Anais le empezaba a llegar desde un rincón remoto de su mente.

  • Escucha solo mi voz, estas relajado, tranquilo, tu cuerpo es liviano tu mente se vacía, mi voz lo llena todo, ahora voy a contar hasta tres y cuando de una palmada te convertirás en una…mosca- Anais hizo un esfuerzo por no reírse-. Uno, sientes como te haces pequeño, dos, notas unas pequeñas alitas abrirse en tu espalda, tres, sientes la necesidad de volar, eres una mosca-y diciendo ésto dio una fuerte palmada.

Francis emitió un zumbido, se levantó y de forma muy cómica comenzó a “revolotear” y a moverse nerviosamente, se movía por el espacio chocando con los muebles, pasando alrededor de sus compañeros que reían y aplaudían entusiasmados. Chocó varias veces con una de las hojas de la ventana.

  • Está claro que es una mosca. ¡Que grande Anais!-Aplaudió Juan sin dejar de reír.

Ante el cumplido, Anais hizo una gran reverencia captando la atención de sus compañeros que la vitoreaban eufóricos.

De pronto se oyó un gran estruendo y la alarma de un coche pitando escandalosamente. Los aplausos y los gritos se cortaron de golpe y todos se giraron a la vez dirigiendo las miradas hacia el lugar donde, hasta hacía apenas unos segundos, Francis se golpeaba contra el cristal de la ventana abierta. Un grito histérico proveniente de la calle les heló la sangre.

Anais fue la primera en abalanzarse sobre la ventana, su rostro se volvió pálido, su corazón se paralizó por un segundo y el aire se le quedó en los pulmones. El cuerpo de Francis estaba empotrado contra el capó de su coche, a lo lejos se oía la sirena de un coche patrulla o de una ambulancia, nunca había conseguido identificarlas correctamente, sus vecinos asomaban las cabezas por las ventanas murmurando conjeturas, los peatones se agolpaban alrededor del vehículo. Sintió que alguien la cogía por los brazos y la apartaba de la ventana, en realidad daba igual que la movieran, la imagen ya se había grabado en sus retinas para siempre.

Nadie hablaba, el tiempo se había detenido. Encima de la mesa su móvil vibraba al ritmo de una musiquilla alegre y se iluminaba con un mensaje de alarma en la pantalla que había grabado varias semanas atrás.

“Despierta dormilona hoy comienza tu nueva vida”

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