Miguitas de pan

    Llegaban tarde a coger el autobús de vuelta a Gijón, el primer metro se había retrasado ocho minutos y aún les quedaba hacer un transbordo, salieron de una línea y corrieron escaleras arriba tirando de la pesada maleta, a toda prisa, para llegar al siguiente metro, esquivando la marea de personas que se arremolinaban en andenes y pasillos. Alcanzaron a llegar al ascensor que les llevaría a la planta inferior en el momento justo en que se abría la puerta, el minúsculo espacio se llenó de gente, todos bajaban menos una señora que subía, aun así decidió meterse en ese ascensor por no esperar al siguiente.
– Planta menos uno -dijo la locución.
Se apartaron para dejar salir a las personas que se apeaban en esa planta, Karen miró el reloj del móvil comprobando el tiempo que les quedaba, si conseguían coger el siguiente metro llegarían a tiempo. Entonces la señora, que subía, hizo lo que este tipo de señoras hace, cambiar el sentido del ascensor y mandarlo a la planta superior. Karen contempló con horror ese gesto y no se pudo contener.
– ¿Pero qué hace? Este ascensor bajaba, ya se lo dijimos.
– Ay no sé… pensaba que ya había bajado- contestó la señora haciéndose la tonta.
Charlie y Karen se miraron y, sin mediar palabra, se colaron entre las puertas del ascensor mientras se cerraban. Buscaron con la mirada la dirección a seguir y, como almas que lleva el diablo, corrieron cruzando pasillos y bajando escaleras maleta en mano. Llegaron al andén en el momento en el que el tren salía.
– ¡Cómo pierda el autobús por culpa de la señora de los co…!- masculló Charlie entre dientes casi sin aliento.
– Tres minutos para el siguiente – dijo ella volviendo a consultar el reloj-. Ésta puede ser la diferencia entre quedarse en tierra o volver a casa.
– Una señora…
Se quedaron en silencio con la mirada fija en las vías del tren, mientras el andén volvía a llenarse de pasajeros. Es curioso cómo, cuándo tienes prisa, los minutos parecen horas y observas al resto de personas que, ajenas a tu problema, se paran con calma a esperar y éso, su tranquilidad, te altera aún más.
Por fin llegó el metro, subieron los primeros quedándose pegados a la puerta. Él de cara a la pared leyendo uno de los textos que ahora llevan los vagones, ella observando a sus compañeros de viaje, como solía hacer en su antigua rutina de camino al trabajo. Sonrió para sí, rememorando aquellos momentos en los que todos, incluida ella, parecían muertos vivientes, reses llevadas al matadero. Se alegraba de haber dejado atrás todo aquello.
Detuvo la mirada sobre un hombre que, pese a su aspecto, posiblemente no llegara a los 60 años. Estaba sentado justo enfrente, le faltaban la mitad de los dientes, prácticamente era imberbe, el poco pelo que tenía en la cara era débil y cano, desprendía un olor fuerte aunque su aspecto en general era aseado, pelo corto, uñas limpias, chándal en buenas condiciones, se fijó también en que sus testículos estaban bastante abultados, no recordaba el nombre de esa enfermedad. Sobre ellos una bolsa de plástico de un supermercado “Ahorra más”, sonrió al leer el nombre impreso en esa arrugada y reutilizada bolsa. Entonces le escuchó hablar.
-La comida no es cara. Claro, depende de qué entiendas por alimento, pero en sí no es cara. – Tenía las manos metidas dentro de la bolsa de plástico desmenuzando un trozo de pan, a Karen le vino a la mente el cuento de Hansel y Gretel, miguitas de pan para marcar el camino a casa. Miró la hora sin llegar a verla, el señor seguía hablando-. El azúcar, dicen que es malo, es malo para tí que eres obeso, pero no es malo, no lo comas tú que eres gordo.- Ella miró a su alrededor buscando complicidad con otros pasajeros, pero nadie más prestaba atención a sus palabras, el pasajero sentado a su lado miraba el móvil intentando disimular la molestia. Volvió a prestar atención a sus palabras, la había enganchado completamente, no solo por lo que decía, si no por el hecho de estar diciéndolo mientras hacía miguitas con pan duro sin importarle quién le prestaba atención o no, esas migas ya no eran sólo las del cuento sino que se asemejaban a semillas que el señor lanzaba al aire, de pronto perder el autobús parecía no importarle.- La vivienda es cara, pero un techo, que al fin y al cabo es lo único que se necesita, pues eso, un techo no es caro porque…- interrumpió su discurso al entrar en una estación y comenzó a recitar como un niño de colegio una lección aprendida de memorieta.- José Guzmán, militar español…
– Guzmán el Bueno correspondencia con la línea siete- la locución se entremezclaba con las palabras del hombre y ella no pudo llegar a entender bien los datos que estaba dando.-…asesino, militar, el bueno de añadido, lo cambia todo- continuó mientras cruzaba una mirada con su compañero de asiento que se levantó para apearse con cara de alivio al salir de allí-, ¿quién le puso el bueno? eso lo cambia, militar, asesino, apellidos comunes, pero el bueno, el bueno final, lo cambia todo.- El hombre se incorporó en el asiento observando cómo se iba su compañero de viaje y volvió a cambiar el tono sin dejar de deshacer el pan -. Lo dije, pero nada, con el móvil sin enterarse, y luego dicen que la marihuana es mala-. Al decir esto captó la atención del resto de pasajeros, de pronto el hombre se hizo visible para todos. Karen observaba divertida la reacción de los demás, pensando cómo hay palabras que conectan con el cerebro de una manera directa, la palabra marihuana era más fuerte que la palabra asesino. Miraba las caras de los viajeros, algunos sonreían, otros esperaban expectantes, hasta Charlie salió de su ensoñación y se giró para ver quién era el que hablaba de su querida planta-. La marihuana, terapéutica -dijo esbozando una sonrisa cómplice-, no es mala, lo malo es el móvil. Claro, no es malo previo pago, ahí no es malo- soltó una carcajada-. La marihuana sí lo es, un coñazo, el móvil es un coñazo-. Karen casi pudo escuchar los pensamientos de todos los ocupantes del vagón.
– Metropolitano- anunció la locución del metro avisando de la siguiente parada, pese a que en los carteles de la estación el letrero indicaba “Vicente Alexandre”.
El hombre cerró su bolsa de miguitas de pan, sin dejar de sonreír, se levantó y caminó entre los viajeros como si no estuvieran allí, al igual que hacía unos minutos él no había estado allí para el resto de pasajeros.
– ¡Toda la razón!- le contestó Charlie al pasar el hombre por su lado.
-¡Ay la vida! – dijo él al salir.
-¡Buen día hermano!- Charlie estaba emocionado, su rostro dibujaba una amplia sonrisa.
Las puertas se cerraron pero antes de arrancar, aún alcanzaron a ver al hombre dedicándoles una limpia mirada mientras guardaba en su abrigo la bolsa de pan desmigado, como si supiera que una de esas semillas hubiera germinado y su labor hubiera terminado.
– Me ha quitado el cabreo. ¡Ésto hay que escribirlo! ¿Te acordarás de todo?
-Negro por favor – dijo ella sonriéndole pícara-. Llevo todo el trayecto escuchándole, registrando cada palabra, qué curioso que los demás sólo lo hicierais a partir de que habló de la marihuana.- Se encogió de hombros y Charlie la besó sin dejar de sonreír, en unos minutos la urgencia y el estrés se habían difuminado.
– Próxima estación, Moncloa, correspondencia con líneas tres y seis de metro.
Ella consultó la hora, habían llegado a su destino y aún les sobraban cinco minutos.

 


Extracto de la novela:

– BROTES VERDES-
«Un retrato de España
a través del cannabis.»

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