En la boca del dragón.

Marie se despertó como todos los días abriendo la ventana para que ventilase el cuarto.
Respiró hondo el frío viento del otoño, el sol aún no había salido del todo pero había luz suficiente para comenzar a trabajar, se aseó un poco, se recogió el pelo y se puso un delantal.
Salió de su habitación pasando por delante de otra que tenía la puerta medio abierta, se asomó.

  • Vamos a ir despertando- dijo con un tono dulce. La respuesta fueron unos gruñiditos.
    Sonrió y prosiguió su camino hasta la cocina, era sencilla pero limpia y ordenada, suspiró encendiendo el fuego y en una vieja sartén echó una esquinita de mantequilla que guardó después con sumo cuidado en una sencilla mantequera, luego metió la mano en un cesto en el que sólo quedaban dos huevos, volviendo a suspirar los sacó, los cascó y los echó a la sartén. Mientras se hacían sacó una hogaza de pan un poco dura, cortó tres rebanadas gruesas y dispuso dos platos encima de una mesa tosca.
  • Ya está el desayuno, venga arriba perezosos- Gritó amorosamente.
    En la puerta aparecieron dos niños con los ojos medio abiertos y el cabello revuelto, el más chico estaba apoyado sobre su hermano que le daba toquecitos suaves para espabilarle.
  • Sentaos a la mesa que se enfría-. Los niños obedecieron y Marie sirvió los huevos dándoles un beso en la cabeza a cada uno. Luego se sentó a su lado mordisqueando su trozo de pan.
  • ¿Tú no comes huevo mamá?- Le preguntó el mayor.
  • No tengo hambre cariño.
    Los dos devoraron el desayuno bajo la atenta mirada de la madre. Unos golpes en la puerta rompieron la estampa familiar, se levantó extrañada haciendo un gesto a los niños para que no se moviesen. Los golpes volvieron a sonar.
  • ¿Quién es?
  • Abra señora es urgente- Le respondió apremiante una voz de hombre.
    Abrió la puerta con cautela y ante ella vio a un hombre vestido con armadura negra cuyo emblema no reconoció, portaba una espada y en su mano sujetaba un yelmo.
  • Rápido, tiene que venir conmigo. Coja a los niños y lo que tenga de valor.
  • No tengo nada de valor. Y no tengo niños-. Respondió desconfiada dispuesta a volver a cerrar la puerta.
  • ¿Quién ez mami?- Detrás de ella apareció el pequeño de la casa restregándose los ojos y acto seguido el mayor que agarró a su hermano intentando volver a arrastrarlo a la cocina.
  • ¿Qué os dije? ¡Meteos para dentro ahora mismo!
    Los niños obedecieron, el soldado pasó dentro sin ser invitado pero ella se interpuso antes de que avanzara más.
  • ¿Qué es lo que quiere?
  • Señora, entiendo sus recelos, pero tenemos órdenes de evacuar la ciudad, corren un grave peligro-. Miró al sujeto de arriba abajo-. Se ha avistado un dragón volando hacia aquí, va destruyendo todo lo que se encuentra a su paso.
  • Bueno mire, eso no hay quien se lo crea, váyase ahora mismo de mi casa o gritaré-. Marie iba empujando al soldado hacia la puerta mientras lo decía.
  • Señora escúcheme, por favor es cierto, hágalo por sus hijos, deje que les protejamos…
  • Ya les protejo yo, ahora fuera-. Y cerró la puerta de un portazo.
    Se quedó apoyada contra ella esperando a que volviera a llamar, recobrando la serenidad, pero no pasó ni una cosa ni la otra. Aquel tipo había conseguido ponerla nerviosa, no se fiaba de él, pero algo en su interior la avisaba de que estuviera alerta, se recompuso un poco, se secó el sudor de la frente y fue a la cocina donde dos pares de ojillos la esperaban.
  • ¿Qué pasa mamá?- le preguntaron al unísono con los rostros impresionados.
  • Nada, nada ¿qué va a pasar?- Les dijo ella abrazándoles- Pero por si acaso, no quiero que hoy salgáis de casa. ¿Entendido?
  • Pero mamá… hoy íbamos a ir a…- Intentó protestar el mayor, callándose enseguida al notar la mirada seria de su madre- ¡Jo…! vale mamá.
    Los niños se fueron al cuarto a jugar y Marie continúo con las tareas del hogar sin quitarse de encima esa sensación de desasosiego, de vez en cuando paraba lo que estaba haciendo para escuchar los ruidos de los niños en el cuarto, comprobando que todo estuviera en orden, para después seguir con su labor.
    Hacia el mediodía se sentó sobre un sofá raído, sacó los enseres de costura y comenzó a tejer. La cabeza se le fue despejando, bostezó, se acomodó apoyándose en el respaldo y cerró los ojos un segundo, o lo que ella creyó fue un segundo. Los abrió de golpe.
  • ¿Niños?- llamó – ¡Niños!- exclamó más alto, pero tampoco hubo respuesta.
    Entró corriendo en el cuarto de los niños, no había nadie, tan sólo la ventana abierta de par en par, lo que le aceleró el corazón. Salió a la calle y empezó a escuchar gritos lejanos y ruido de movimiento, se acercó al camino y pudo ver como salían corriendo de las casas próximas sus vecinos. Se asustó.
  • ¡Willem, Zacary! – gritó, dio media vuelta a la casa y a lo lejos, corriendo hacia el molino viejo pudo ver dos figuritas. Volvió a llamarles pero estaban demasiado lejos para oírla, echó a correr hacia ellos.
    Antes de alcanzarlos una sombra cubrió el cielo, miró hacia arriba temerosa y vio la sombra de un gran dragón sobrevolando sus cabezas. Se agarró las faldas y corrió con más ímpetu, entró en el molino casi sin aliento, allí estaban los niños que al verla se abrazaron pegándose contra la pared.
  • No nos riñas mami, es que le había prometido a Zacary que le enseñaría a moler trigo como hacía papá-. Los niños la miraban con los ojos llorosos, ella se abalanzó hacia ellos besándoles por todas partes.
  • No os vayáis sin avisar nunca ¿entendido?- Les reprendió ella con cariño y tomando aire nuevamente les dijo-. Ahora tenemos que salir de aquí y regresar a casa.
    De pronto el molino pareció moverse, un golpe hizo temblar el tejado, dudaba si quedarse allí metida o intentar regresar a casa cuando una garra enorme destrozó las vigas. Los niños gritaron. Cogió en brazos al pequeño y agarró fuerte al otro, le hacía daño y el niño intentó soltarse, pero la madre le apretó más fuerte.
  • Cuando diga, echamos a correr sin parar hasta casa-. Miró hacia arriba y vio que la garra seguía enganchada en el tejado, era el momento de huir-. ¡Ahora!
    Echaron a correr sin perder de vista al dragón, que furioso trataba de liberar su pata, apretando al pequeño contra su pecho quien se aferraba a ella tirándole del pelo.
  • ¡Mamá nuestra casa!- Exclamó Willem paralizándose en seco y arrastrando a su madre con él.
    Marie miró horrorizada, su casa y la de sus vecinos estaba en llamas. El humo negro lo cubría todo, por todas partes se oían gritos y gente corriendo, huyendo despavorida.
  • ¿Qué hacemos ahora mamá?- preguntó el mayor de sus hijos intentando no llorar.
    Miró hacia atrás, el dragón estaba consiguiendo soltarse, batía las alas soltando llamaradas en todas direcciones. No tenían adonde ir, a su alrededor solo había campo abierto y fuego.
    Bajó los brazos dejando caer a Zacary, no sabía qué hacer, se ahogaba, sintió una presión en el pecho, miró a sus hijos intentando pensar algo, decirles algo para tranquilizarles, pero no pudo. Unos brazos negros aparecieron de la nada y cogieron al pequeño.
  • Se lo dije señora y no quiso creerme, ahora ya es tarde-. Era el guardia de la mañana, agarraba a Zacary con fuerza mientras él se retorcía en sus brazos comenzando a llorar desconsolado.
    Salió del trance y se adelantó para recuperar a su pequeño pero el soldado le propinó un puñetazo en la cara tirándola al suelo.
  • Quise hacerlo por las buenas y usted no me dejó, ahora lo haré por las malas. Me llevo a sus hijos y no podrá impedírmelo, yo puedo salvarlos, usted no-. El soldado afianzó al pequeño en un brazo y con el otro agarró a Willem y se dio media vuelta arrastrando al niño que iba forcejeando.
    Marie se incorporó, se quedó de rodillas mirando cómo se llevaban a sus hijos sin poder moverse, le ardía la cara, quería luchar pero las fuerzas la abandonaban.
    Willem colgaba del brazo del hombre desequilibrándolo hacia un lado, éste tuvo que pararse y soltar al pequeño para intentar sujetar al mayor y entonces Zacary echó a correr con el rostro empapado en lágrimas y los mocos colgando de la nariz.
  • ¡Mami, mami!- Al oírle se levantó como un resorte y echó a correr hacia él cogiéndole al vuelo.
    Willem al ver que su hermano huía, mordió la mano que le agarraba y le propinó una patada con todas sus fuerzas en la entrepierna, el guardia tuvo que soltarle para agarrarse instintivamente sus partes, salió corriendo hacia su familia hasta que Marie le recibió con los brazos abiertos y se dirigieron a toda prisa hacia el camino gritando como si alguien pudiera socorrerla.
    Un golpe de aire los paralizó, sintió en su rostro un aliento caliente, delante de ella, erguido sobre sus patas estaba el dragón. No podía hacer nada más que ponerse frente a sus hijos, protegiéndolos desesperadamente con su cuerpo. Tras ella estaba el guardia que se había quedado petrificado también espada en mano.
    Sintió los ojos del dragón sobre ella, unas enormes pupilas alargadas cruzando dos óculos verdes, se vio reflejados en ellos, el corazón le latía a mil por hora y en su mente solo un pensamiento, había fallado a sus hijos, no había podido protegerlos.
    La bestia abrió la boca y Marie vio nacer al fondo de sus fauces un orbe de fuego. Cerró los ojos, sintiendo a sus hijos pegados a su cuerpo. Apretó el puño con fuerza sobre el collar de jade que llevaba al cuello y se preparó para lo inevitable. Nada se podía hacer ya.
    Escuchó un bufido, el calor del fuego pasó sobre su cabeza, un alarido desgarrador sonó a su espalda seguido de un ruido de batir de alas y luego, nada.
    Abrió los ojos muy despacio, se palpó, tocó a sus hijos y se agachó para abrazarlos, estaban a salvo. Miró al cielo y vio alejarse al dragón, después miró por encima de las cabezas de los niños y allí donde estaba el soldado sólo había cenizas arrastradas por el viento. Agarró su talismán abrazando a sus hijos y dio gracias a los Dioses.

Fragmento de la Novela:
‘Dioses del Multiverso: La Armonía se Resquebraja’

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