Tras las huellas de los otros

– Mira lo que tengo aquí.- dijo el pequeño Ramón abriendo la palma de la mano para mostrarle a su hermano el tesoro que escondía dentro del puño apretado, era una moneda.
– ¿De dónde has sacado eso? – respondió Francisco, su hermano mayor, muy serio.
– No se lo digas a nadie -dijo el pequeño bajando la voz en tono de confidencia-, se la he cogido a mamá de la cartera.
– Ahora mismo das la vuelta y dejas eso donde lo encontraste.
Ramón agachó la cabeza, casi avergonzado, pensaba que Francisco le iba a guardar el secreto, lo último que imaginaba era que su propio hermano rechazase aquel hallazgo con el que podrían comprar algún lujo en la tienda del pueblo, como un pastel o quizá alguna golosina.
Pero no fue así, los dos niños hicieron el camino de vuelta y una vez en casa, Francisco se aseguró de que sus padres no se percatasen de que una moneda había saltado de la cartera para después regresar de nuevo.
Al pequeño Ramón no se le volvió a ocurrir coger dinero de la cartera de sus padres, o al menos si lo hizo, nunca se lo contó a su hermano mayor.

El viento frío del otoño fue llevándose las hojas y el paisaje cobrizo dio lugar a un manto blanco a medida que el invierno se instalaba en el pequeño pueblo donde vivían. Así fue que los caminos pronto estuvieron cubiertos de una gruesa y fría capa de nieve, de esa que cala hasta los huesos y corta la piel si no llevas el abrigo suficiente.

Para Francisco llegar a la escuela todas las mañanas se estaba convirtiendo en toda una prueba.

En su casa no había dinero, eran una familia humilde de cinco hermanos. Por eso, el poco dinero que sus padres obtenían trabajando doce horas en la fábrica de zapatos era para pagar el alimento de la familia, y poco más. Francisco, como hermano mayor, era perfectamente consciente del esfuerzo que hacían sus padres y sabía que su única responsabilidad, lo único que se esperaba de él, era que fuera a la escuela y estudiara para labrarse un futuro. Pero este año ese futuro se avecinaba muy muy frío.
Aquella mañana de enero, el sendero a la escuela estaba cubierto por una capa de nieve que llegaba hasta las rodillas, y, aunque sus padres trabajaban en una fábrica de zapatos, en casa no había dinero suficiente para comprar calzado a todos los niños, el joven muchacho sólo contaba con unas alpargatas de tela para todo el año.

No ir a la escuela por el frío no era una opción, así que a fuerza de repetir el camino una y otra vez, terminó desarrollando un sistema para paliar el dolor de la nieve. Descubrió que si pisaba las huellas de sus compañeros el frío era menor, porque no hundía sus piernas en el hielo. Aquello despertaba la admiración en su maestro, cada mañana que le contemplaba llegar a la escuela siguiendo el rastro de los otros niños. Para Francisco, en realidad, suponía un problema, y es que sólo podía ir por el camino que habían hecho previamente los demás.
Fue en esas, siguiendo el rastro una mañana fría, que en lugar de llegar a la escuela, sus pasos le llevaron a la cantina del pueblo. Allí había dos paisanos que parecían tener el mismo problema que él. Al parecer el frío era enemigo de todos los hombres y Francisco tenía la sensación de que crecía con los años, pues cuanto más viejo se hacía, más dolía.
– Es ley de vida- escuchó decir a uno de los hombres cuando se acercó curioso a la cantina-, invierno de frío, pellejo de vino- dijo alzando la bota.
– Bendita pócima- contestó el otro.
A la mañana siguiente, antes de ir a la escuela, se coló en la cocina cuando sus padres no estaban y dio un trago al pellejo que contenía la pócima para combatir el frío. Hizo lo mismo al otro día, y al otro, y al otro, y pronto tras unas semanas el trago se convirtió en dos, y luego en tres y finalmente en cuantos precisase para olvidarse del invierno.

La pócima le transmitía una sensación agradable, era un ardor que le calentaba el cuerpo por dentro, pero lo más importante era que el dolor al hundir sus pies en la nieve iba menguando. Así podía cumplir con su obligación de ir todas las mañanas a la escuela, todo se le hacía más ameno y llevadero, aunque también se enteraba peor de la lección y a menudo se retrasaba en la tarea. Su maestro, pareció percibirlo, pues empezó a comportarse con él más hosco y fue desapareciendo la mirada de orgullo que le ponía cuando lo veía llegar por el camino siguiendo las huellas de sus compañeros. Aquel cambio de actitud despertaba en el interior del pequeño cierto dolor incómodo, pero más doloroso era el frío del invierno y la mirada de su profesor no le iba a calentar.

Su afición por la pócima siguió creciendo, cada vez le sentaba mejor, aunque cuando regresaba de la escuela sentía la tentación de echar un trago y tenía que hacer esfuerzos para resistirse, pues se había prometido hacerlo solo para ir a la escuela.
Una mañana, cuando fue a hacer su ritual, descubrió que el pellejo no estaba. Quizá sus padres se habían percatado y lo habían escondido. Lo que sí estaba sobre la mesa era la cartera de su madre.
Fue un momento de duda, una decisión que tomó por instinto, no por meditación, sabía que estaba mal, pero peor estaba cortarse la piel todas las mañanas con el hielo. Abrió la cartera y cogió una moneda.
Aquella mañana encontró un rastro de huellas que pasaban frente a la puerta de su casa, lo siguió sintiendo el peso de la moneda en el bolsillo. Su instinto quería llevarle a la cantina para beber el remedio, pero su corazón se resistía mientras la cabeza le daba vueltas argumentado a favor y en contra, de un lado y de otro. Aquella mañana hacía viento, un viento que cortaba la piel, sentía pinchazos en los dedos de los pies agarrotados dentro de las zapatillas de tela. Su única fuente de calor era el puño cerrado fuerte sobre la moneda mientras el debate continuaba en su cabeza. ¿Cantina o escuela?
Como no encontraba respuesta, simplemente se dejó guiar por el rastro, adonde aquellas huellas le quisieran llevar. Dejó que el universo decidiera por él.
No llegó a ninguno de los dos sitios.
En mitad del camino se encontró a su maestro, esperando entre la cantina y la escuela con un paquete entre las manos. Eran un par de zapatos nuevos.
– A partir de ahora -le dijo muy serio- ya no tienes que seguir el camino de nadie que no sea el tuyo. Tú decides qué persona quieres ser, sólo tú.

Aquel niño devolvió la moneda a la cartera de su madre, creció y se convirtió en hombre. Cuando cumplió 14 años comenzó a trabajar en la fábrica de zapatos para ayudar a sus padres, después trabajó descargando troncos por el río en pleno invierno, hasta que entró en el ejército y finalmente en la mina. Se enamoró, se casó, tuvo una hija y crió a dos nietos, uno de los cuales escribe hoy estas palabras, esperando pasar el hilo de luz que aquel maestro comenzó hace ya casi cien años.

Dedicado a todos los que nos guían desde el otro lado de la caverna.
GRACIAS.

10 Comentarios Agrega el tuyo

  1. garceslogia dice:

    Las buenas actitudes/aptitudes a veces no son suficientes y como semilla, deben de caer en terreno fértil y condiciones adecuadas…Muchas veces el profesor no sale al camino…Dura realidad…. Saludos y hasta la siguiente

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    1. KativaWorks dice:

      Tienes razón garceslogia…. pero la vida suele ponerte en situaciones de decisión, lo difícil es saber escucharse a uno mismo. Y aveces la lección no es para tí si no para los que están mirando… La realidad siempre supera la ficción. Gracias por comentar y compartir. Un abrazo. Seguimos conectados!!

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  2. Rosa dice:

    Muy emotivo, me cautivó. Lindo relato!

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    1. KativaWorks dice:

      Muchas gracias Rosa muy amable!! 🙂 Un abrazo. Seguimos conectados!

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  3. Hermosa manera de contarlo, muy emocional abrazo grande

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    1. KativaWorks dice:

      Muchísimas gracias por sentirlo y comentar. Seguimos conectados! Otro abrazo grande! 🙂

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  4. streetc4r dice:

    Muy entretenida la entrada y muy linda la enseñanza que deja. 👏

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    1. KativaWorks dice:

      Muchas gracias streetc4r por sentirla y comentar. Un abrazo. Seguimos conectados!

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  5. Gatopardo dice:

    Qué gran capacidad narradora. Mis felicitaciones.

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    1. KativaWorks dice:

      Oh muchisimas gracias Gatopardo! Un abrazo 🙂

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