Perdidos y Condenados

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Despertó en su camastro, un viejo colchón tirado en el suelo con muelles destartalados. Le dolían los riñones pero era la vida que había elegido. ¿La había elegido? A veces tenía la sensación de no tener el control de su vida, sólo se dejaba llevar, como si alguien moviera los hilos de su ser, una marioneta del destino. Realmente no tenía claro si había elegido aquella vida, o la vida le había elegido a él. No podía decir el momento exacto en que sus decisiones le llevaron a dormir en un colchón mugriento tirado en la trastienda de un tugurio de moteros en la capital del estado.

Se incorporó despacio, con un sonoro bostezo en el ritual de cada mañana, rascándose el tatuaje del pecho, la entrepierna y después acariciando su cabeza, sintiendo en la piel el pinchazo de la calva rasurada. Un recuerdo de infancia le sacudió la mente, su amigo Frankie, en un barrio de la periferia, encima de un viejo ciclomotor. De ahí a líder de una banda de moteros en dos décadas y Frankie muerto. Dio un trago a una cerveza caliente que había en el suelo junto al camastro y salió del cuarto. Ni siquiera tenía puerta, así que en un paso estaba en el bar.

Estaba vacío a esas horas, sólo dos compañeros sentados en una mesa de una esquina discutiendo sobre si la potencia de la T-500 podía rivalizar con la Harlem. Ernest estaba detrás de la barra, el camarero vestía su clásica camiseta de tirantes que se había fusionado con la piel e infinidad de manchas cuyo origen era mejor no conocer. Puso sobre la mesa una botella con un líquido amarillento en su interior y ninguna etiqueta en el exterior.
– Buenos días Johny Boy. ¿Desayuno?

El ruido del televisor llegaba mezclado con música de heavy metal, nadie prestaba atención a nada. En el informativo, una presentadora de cara bonita daba la noticia de una pelea entre un hombre con una katana y otro con una escopeta en el centro de la ciudad. Las palabras del televisor captaron su atención.
– … la policía busca ahora a los culpables con el fin de esclarecer qué motivos les han llevado a protagonizar esta reyerta a plena luz del día.
Johny escupió en el suelo y no respondió. ¿Qué demonios le estaba sucediendo a la ciudad? La televisión parecía empeñarse en demostrar que la humanidad estaba perdiendo el juicio, como si aquello sirviera de excusa para seguir alimentando el odio. Tomó un trago del elixir servido por Ernest y perdió la vista en el crucifijo colgado en la pared sobre las botellas de alcohol. Si Dios tenía algo que ver con todo aquello, sin duda era un Dios muy cabrón.

Molesto por haberse puesto metafísico, apuró la bebida de un trago y abandonó el tugurio cruzando la doble puerta. El sol del mediodía le golpeó la cara, otro caluroso y asqueroso día de agosto en la capital.

Su moto le esperaba aparcada frente a la puerta del local, una auténtica Harlem original de los años cincuenta, restaurada y modificada para quemar el asfalto. El motor rugió, sus piernas temblaron y un reaff de los Gun’s Roses limpió su cabeza de fantasmas. Deslizó suavemente la mano sobre el acelerador sintiendo el aire en la cara mientras se internaba en el tráfico. Otro día más. Otro asqueroso día más como líder de una banda de moteros de un asqueroso barrio. Aceleró a fondo y se adentró en la autopista, rumbo a la ciudad que le esperaba en el horizonte, perdiéndose en sus pensamientos. Otro día de trabajo comenzaba.

Lo cierto es que la T-500 no estaba tan mal, pero parecía un secador, no era un moto de verdad, una Harlem…

Las torres de Franklin y Terrace se iban haciendo cada vez más grandes a medida que cruzaba el puente Simon. Dos bloques de edificios de protección oficial levantados en Boham, el peor barrio de la ciudad, cuyas azoteas desatendidas destacaban sobre los rascacielos del centro.

Aparcó su moto en un parque lleno de basura, allí estaba la T-500 de Wilson, su compañero de trabajo, una moto lista para competición profesional. Un secador de pelo.
Subió al apartamento en una de las torres, olía a humedad y a lentejas. Lunetta estaba sentada en la cocina mientras uno de sus chicos removía el cucharón en una olla. Toda una mujer de ébano, adornada con pendientes y collares estrafalarios, esperando furiosa.
– ¿Quieres quedarte a comer?- Preguntó el cocinero.
– No, no va a quedarse a comer, porque las cosas están a punto de ponerse muy feas. Así que vete a vender la mercancía, y cuidado porque hay chivatos por todas partes.

Y efectivamente, la cosas se pusieron feas.

Johny y Wilson llegaron al punto de encuentro. El comprador sacó una pistola, Johny disparó, y sin saber cómo, una bala perdida detonó el depósito de su Harlem. Fuego, gritos y sirenas de policía. El resultado una persecución por toda la ciudad en la T.500 de Wilson. Destrucción, caos y muertes. Al día siguiente, la presentadora de cara bonita, hablaba de otra reyerta entre traficantes de armas en el barrio marginal de la ciudad.

Esa era la vida que había elegido. ¿La había elegido? En cualquier caso, era cierto, la T-500 no estaba nada mal.

Inspirado en GTA IV: The Lost and Damned

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