El Fantasma de un Padre

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Fredo conoció la muerte a una edad demasiado temprana. Con sólo seis años sintió esa extraña sensación al perder a su padre, el vacío que provoca comprender que el tiempo fluye en una sola dirección y algunos sucesos no pueden volver atrás.

Su madre se volvió taciturna y callada, guardó todos los recuerdos de su padre en el desván y pocas veces se volvió a mencionar el tema por miedo al dolor. Fredo sentía que se esperaba algo de él, pero no sabía muy bien qué era y desear que su padre estuviera allí para darle una explicación le causaba más dolor.

Pasaron los años hasta que un día, en el aniversario de la muerte, el pequeño decidió enfrentar sus miedos.

Subió al desván e investigó entre cajas y baúles llenos de polvo, recuerdos apartados en el último rincón de la casa. Había álbumes con fotografías de la juventud de sus padres, carpetas con frases que él anotaba, viejos dibujos y borradores sin color, cartas ajadas… Y en el fondo, bajo un montón de camisas y corbatas apolilladas, encontró un tesoro, la vieja vídeoconsola familiar.

Había llegado a casa cuando Fredo tenía cuatro años, el era muy pequeño pero guardaba en la memoria el recuerdo de las partidas que jugaban todos los sábados y domingos por la mañana. Y recordaba en especial un juego de coches al que nunca conseguía ganar.

La vídeoconsola se convirtió casi en una reliquia, nadie la podía tocar sin el permiso de padre. Aquella reliquia estaba ahora llena de polvo en el fondo de un baúl. Allí estaba también su colección de juegos y, por supuesto, el juego de coches.

Dudó si debía encenderla, pero aquel día había decidido afrontar sus miedos así que bajó al salón y enchufó la consola. Allí estaba el fantasma de su padre.

No era un suceso paranormal, ni mucho menos, sólo la programación habitual de los juegos de carreras.

Cuando un jugador bate el récord en una pista, su partida queda guardada en la memoria de la consola. Si otro jugador entra en esa pista, puede activar lo que se conoce como ‘fantasma’, una repetición exacta de los movimientos que ha hecho el campeón para competir contra él.

Su padre le estaba desafiando, literalmente, desde otro tiempo y espacio.

No se lo había puesto fácil, era una carrera perfecta. Se convirtió en una tradición, todos las mañanas de sábado, Fredo sentado en el suelo compitiendo contra el fantasma de su padre, mejorando décima a décima, dispuesto a batirle. Así pasaron semanas, meses y años. Y con cada partida, se iba acercando un poco más.

En ocasiones llegaba adelantarle, pero entonces terminaba chocando o saliéndose de la pista en una curva, siempre por ir demasiado rápido. Así fue perfeccionando su técnica para tomar los giros. Cuanto más se acercaba al récord, más sentía comprender los pensamientos de su padre, como si fuera un eslabón de ideas que él debía continuar.

Y así fue, una mañana de sábado cuando el sol estaba en su punto más alto, que lo comprendió. La clave no era correr más, no se trataba de ir más rápido, sino de saber cuándo frenar. Todo el mundo en la vida puede correr, cualquier puede conducir un coche, pero llegar a dominar la conducción, o cualquier arte, era cuestión de ensayo y error, tiempo y persistencia.

Saber cuándo parar y cuándo acelerar, repetir los mismos errores una y otra vez, descubrir cuándo hay que abrirse y cuándo es necesario cerrarse, estudiar las herramientas que tienes a tu alcance y poner a prueba tus capacidades. Ésa pensó, era la clave de la vida.

Y en ese momento en el que tenía la mente en blanco, recibiendo ideas mientras conducía por instinto, su coche dejó atrás al fantasma de su padre, en la última curva, cuando la meta se dibujó al fondo de la recta final.

Lo había conseguido, años y años de repetir errores hasta lograr la partida perfecta.

Treinta metros… veinte… diez… pulsó a fondo el botón del freno y se paró justo antes de cruzar la línea de meta, dejando pasar al fantasma de su padre para no borrarlo.

A día de hoy, el fantasma sigue guardado en la consola y todos los sábados por la mañana, Fredo y él, comparten pensamientos.

Quizás cuando él sea padre estará preparado para cruzar la meta y convertirse en un recuerdo a descubrir, un fantasma para su hijo.

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