Furia sobre ruedas.

el

El horizonte, teñido de un rojo oxidado, recordaba la decadencia del mundo en el que vivía. “Otro día más despertando en un asqueroso desierto”, pensó Max como todas las mañanas.

Se dirigió hacia su compañero Chum, sin quitarse de la cabeza la misma pregunta de siempre cuándo despertaba,” ¿por qué hemos sobrevivido los humanos?”

Chum, la única persona con la que había entablado algún tipo de vínculo, estaba impaciente. Daba saltos moviendo su joroba de un lado a otro. Le miró con uno de sus ojos deformes.
– ¡Rápido, rápido!- hablaba tan rápido que apenas masticaba las palabras- Debemos llegar al cementerio antes de que caiga la noche.

Max le miró y pensó que quizás la razón por la que estaba con él era porque éste había dejado de pensar y sólo se preocupaba por la chatarra a la que llamaban coche. Un primitivo chasis al que Chum había incorporado un potente motor para cruzar las dunas del yermo. Era un viejo trasto que parecía imposible pudiera arrancar.

Su compañero le hizo un gesto apremiante para que se subiera al destartalado vehículo, Max obedeció, el chasis chirrió cuando se sentó, parecía que se iba a desmontar en cualquier momento, juntó los dos cables para ponerlo en marcha y el motor rugió.
El estado del vehículo no era la mayor amenaza, pues para ponerlo en marcha hacía falta combustible y en ese desierto yermo la gasolina era más valiosa que el oro.

– Genial, genial. Escucha como grita mi pequeño. Quiere jugar, pero tiene hambre. Hay un campamento a un par de kilómetros de aquí. Allí nos darán de comer-dijo Chum sonriente sin dejar de acariciar la carrocería.

Las ruedas del viejo trasto cruzaron las dunas resbalando sobre la arena mientras tornillos y tuercas oxidadas doblaban su capacidad de aguante para mantener unidos los hierros que sujetaban las yantas al motor. De vez en cuando saltaba alguna pieza que lo golpeaba y salía volando hacia atrás perdiéndose entre las dunas.

Los rayos del sol comenzaban a ocultarse tras las montañas de arena, cuando divisaron el campamento a los pies de una de ellas. Max sacó sus prismáticos y estudió el asentamiento. Chum estaba cada vez más nervioso.

– El pequeño tiene hambre. Y se está yendo la luz. No podemos esperar. Pueden venir más en cualquier momento. Vamos, vamos, tiene que comer.

Max observaba en silencio el terreno. En el centro del campamento habían hecho una hoguera y cuatro hombres mal vestidos trataban de entrar en calor junto al fuego. Había un quinto, cogiendo bebida de un arcón, en una tienda de campaña, a unos pasos del resto. El sol había desaparecido ya. Chum estaba perdiendo la paciencia. Subió al trasto con ruedas y cogió el volante.
– Queremos la comida. No hay tiempo. Robémosla deprisa.
– Son humanos. Vamos a hablar con ellos.
Max bajó la duna y puso rumbo al campamento. Eran solo cinco y parecían borrachos. Apretó con fuerza los puños por inercia, pero esperaba no tener que usar la fuerza bruta.

– Buenas noches compañeros. Necesitamos un poco de vuestra gasolina- saludó lo más cortés que supo.

La respuesta fue una llave inglesa volando hacia su cabeza. Siempre igual, gruñó y dio un salto hacia delante, no tuvo más remedio que hundir su puño en el cráneo del primero que se acercó corriendo e inmediatamente después tirar a otros dos al fuego antes de partirle el cuello al último. Tomó la gasolina y huyó hacia el cementerio de chatarra.

– Genial, genial. Tenemos la tripa llena. Rumbo al cementerio para vestir a nuestro pequeño.- Chum ajeno a lo que acababa de pasar sonreía feliz.

Frente a ellos se abría un inmenso desierto en la oscuridad de la noche. Max arrancó de nuevo el motor y salieron de allí a toda velocidad. Tras ellos surgió una nube de destartalados vehículos que les perseguía junto a una tormenta de balas. Tenían que llegar rápido a su destino, el coche se iba desguazando poco a poco, se calentaba y en algunas partes empezaban a surgir pequeñas llamas. La luna brillaba llena en el cielo levantando destellos diminutos en los granos de polvo del desierto. A su lado podía escuchar a Chum, apagando fuegos, apretando compulsivamente tuercas y tornillos.
– Ya está, ya está. Genial, genial. Vamos. Tenemos frío. Podemos estar en muchos sitios, pero aquí ya no más. Queremos ropa.

Habían conseguido cruzar el desfiladero, no sabía cómo, pero habían cruzado dejando atrás a sus perseguidores, lo que quedaba del vehículo era una bola de hierro con llamas encendidas. Chum saltó sobre el chasis con su llave inglesa en la mano.

– Lo sé, lo sé. Ya ha pasado. Has sido muy bueno pequeño.

Habían llegado al cementerio de chatarra. Una colosal puerta con símbolos tribales pintados les cortaba el paso. Sobre la puerta estaba su premio. El chasis de un viejo coche colgaba inmóvil de unas cadenas, justo sobre su cabeza.

Miró alrededor. Buscó una forma de entrar en el cementerio. “Siempre hay una manera”. Observó detenidamente hasta encontrar una grieta en mitad del acantilado. Se adentraba hacia la oscuridad. “Este es el camino”.

La cueva estaba oscura. Frente a él apareció un cuerpo tirado en el suelo, y en su pecho guardaba una linterna. Sonrió. Era la suerte que le había acompañado desde siempre. Lo podía llamar casualidad, destino, podía ponerle mil palabras aunque no sabía cuál era la correcta. Cuando le sucedían estas cosas no podía evitar sentirse algo así como un elegido, como si los dioses le fuesen marcando una senda. Era algo que le daba una seguridad absoluta a la hora de afrontar los problemas, sabía que iba a salir bien parado, ocurriera lo que ocurriera. Y esto alimentaba aún más su angustia existencial. “Soy un juguete del destino. Atrapado en un camino que no puedo abandonar pase lo que pase. Condenado a la vida.” Y aún así, siempre se le escapaba una sonrisa cada vez que sucedía una de estas casualidades.

Se abrió paso por la mina y llegó hasta la cadena de la que colgaba el chasis. Era una especie de sala en círculo rodeada de paredes y una cadena atada a un mecanismo. Activó el mecanismo y el chasis cayó al suelo frente a la puerta, donde estaba Chum que lo recogió rápidamente.

De pronto se encendió un gran foco sobre él, mil cabezas, surgieron sobre las paredes enfervorecidos. Gritando y aullando. Estaba atrapado en una trampa mortal. No había pensado en eso antes de entrar. Algunos bandidos saltaron y fueron hacia él. Estaba rodeado. Max sabía lo que debía hacer. Contraatacar y golpear, así de simple.

Miró a su alrededor. Estaba en un foso, fue entonces cuando lo entendió. Era sólo un espectáculo, los mercenarios no querían matarle. Por eso colgaba el chasis de la puerta. Sólo buscan espectáculo. El único entretenimiento que pueden encontrar en un mundo donde nadie se entiende, todos se pelean por algo material.
– ¡Mátalo!, ¡Mátalo!
– ¡Mátalos! ¡Mátalos!
Nadie quería un ganador concreto. Daba igual si ganaba Max o ellos, sólo querían ver sangre. Entonces reaccionó. Corrió hacia el límite del foso y se lanzó contra una de las paredes para coger impulso y salir despedido por los aires.

El golpe fue brutal, un estruendo de metal al caer sobre el chasis de su coche. Inexplicablemente Chum había colocado ya la cubierta sobre el trasto. Max había caído de espaldas sobre su vehículo, mirando al cielo. No podía respirar. Los bandidos asomaban la cabeza por entre las rendijas de la puerta, le miraban perplejos.
El aire volvió a sus pulmones. Saltó dentro del coche e hizo rugir el motor huyendo a todo gas. Había vuelto a escapar y esta vez de una manera “limpia”.

Cuándo se hubieron alejado lo suficiente de aquel lugar. Max frenó el coche y se bajó. Se alejó unos pasos para mirar el horizonte de la noche. Las dunas se dibujaban como olas de arena en una brillante noche azul.

– ¿Por qué no morimos todos de una vez? Estamos aquí, matándonos unos a otros. Sin una oportunidad para hablar. Nadie se entiende. Todos quieren algo de alguien. Todos quieren recibir y nadie dar. Y yo tengo que seguir aquí, sólo seguir y seguir cruzando caminos desiertos y esquivando a la muerte. Podría estar en cualquier otro lugar, pero estoy aquí. ¿Por qué?

Max volvió de su personal viaje de divagaciones e hizo rugir de nuevo el motor.
El único foco del trasto cortaba la noche con su halo de luz. De pronto Chum le miró y esta vez no parecía un enajenado, Max se sorprendió.

– Para entender que a veces se puede elegir- dijo con serenidad cómo respondiendo a su pregunta anterior-. Siempre hay un camino-sonrió con complicidad y luego volvió a su estado normal- Vamos, vamos dale marcha a mi pequeño.

Inspirado en Mad Max (El videojuego)

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ch@ro dice:

    Reflejo de una cruda realidad!!
    “Estamos aquí, matándonos unos a otros. Sin una oportunidad para hablar. Nadie se entiende. Todos quieren algo de alguien. Todos quieren recibir y nadie dar.”
    Enhorabuena, me ha encantado

    Le gusta a 1 persona

    1. KativaWorks dice:

      Mil gracias por estar y comentar!! :* Nos alegra que te haya gustado 🙂

      Me gusta

  2. Un relato muy ágil. Gracias por compartirlo.

    Le gusta a 1 persona

    1. KativaWorks dice:

      Muchas gracias a ti por comentar. Nos alegra que te haya gustado :-). Un abrazo!!

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s