¡Mambo!

La naturaleza es sabia. Aunque a veces conoces a ciertos individuos y te preguntas, ¿lo es?
Yo me encontraba en ese debate a altas horas de la madrugada en uno de tantos bares de la ciudad, con mi querido amigo Aitor que no le quitaba ojo a un grupo de chicas que bailaban no muy lejos de nosotros.
– ¡Esas quieren mambo!- me dijo dándome un codazo.
Y sin previo aviso se encaminó hacia ellas desplegando todas sus armas de seducción, casi dos metros de altura y cien kilos de carisma. Todo un prodigio de la naturaleza en acción mostrando el maravilloso ritual del cortejo. Agarró por la cintura a una y meneó sus caderas con los golpes de la música. Ella le examinó de arriba abajo, sonrió y se apartó a un rincón. Sus amigas hicieron lo mismo. El efecto había sido igual que un perro jugando con una bandada de palomas.

Regresó dando grandes zancadas, con la copa en la mano y el ceño fruncido. Desde donde yo estaba podía escuchar los engranajes de su cabeza chirriar analizando el fallo de su estrategia.
– ¡Qué!- me dijo. No era una pregunta, era más bien una queja elevada al universo, como pidiendo una explicación a que sus dotes de seductor no hubieran causado el efecto esperado. Algo inexplicable para él.
– No te parece un poco… cómo llamarlo, ¿primate?- me miró como si la pregunta viniera de otro planeta-. ¿No?
– ¿Qué dices?
– Ya sabes, esa forma de acercarse a las chicas- leí en su rostro que necesitaba más información para comprender- ¿Cómo te sentaría a ti estar en un bar tranquilamente y que las chicas se te lanzaran encima?
– ¡Pues yo me sentiría halagado! Eso significa que me desean- dio un trago a la copa y tomó una pose de orgullo-, ¡que estoy bueno!
– Ya… lo de trata a los demás como te gustarían que trataran a ti, ¿no?
Me miró otra vez con el ceño fruncido, alguna de mis palabras se había colado en ese cerebro y trataba de buscar su lugar.
– No te pongas filósofo y vamos a buscar hembras- exclamó entusiasmado al tiempo que me rodeaba con su gigantesco brazo. Conseguí zafarme con un movimiento ágil, no le importó, ya se estaba adentrando en la pista de baile con un seductor contoneo de caderas.

Cuando salimos de allí ya era de día, y contra todo pronóstico lo hicimos acompañados de dos chicas. Eran simpáticas, con pinta de alternativas y ganas de fiesta, así que el colega se vino arriba.
– Nos vamos al after de aquí al lado- dijo una de ellas casi provocando-, ¿os apuntáis?
Aitor me miró, como un niño que está a punto de abrir los regalos de reyes, sólo conocía una palabra para expresar tal emoción.
– ¡Mambo!

Nos llevaron a un tugurio perdido en un callejón del casco antiguo, de esos que abren cuando los demás terminan la fiesta y en los que acaba lo mejor de cada casa. Estaba en un lugar apartado, típico de estos locales, aunque el ambiente allí dentro estaba enrarecido para el gusto de Aitor.

La primera pista la tuvo en el baño, mientras vaciaba la vejiga contra el orinal de la pared. Un chico de camiseta apretada se le puso al lado y se inclinó levemente hacia él.
– Oye- le dijo con una voz aguda- ¿tú entiendes?
– Yo no entiendo nada- se subió rápido la cremallera y huyó de allí sin tirar de la cadena.
Cuando se me acercó tenía el ceño todavía más fruncido.
– Turbio, muy turbio.
– ¿El qué?
No tuve respuesta.

Le dejé allí , meditando con la espalda pegada a la pared, y me perdí en la pista buscando a nuestras amigas. Según parece yo era un tío normal en aquel ambiente, pero Aitor, él resultaba ser todo un trofeo. Un oso grandote y amoroso al que se le acercaban hombres con chalecos de cuero, demostrándole mucho mimo mientras le rozaban con sus cadenas y bigotes. Era una estrategia de seducción mucho menos primaria que la suya, aunque el efecto parecía ser el mismo. Lejos de caer en los brazos de uno de sus pretendientes, cada vez más nervioso, se fue desplazando con el trasero pegado a la pared hasta un rincón al igual que hicieron las chicas en el bar anterior. 

Hasta allí se le acercó uno de su misma clase, un oso algo más alto que él y mucho más grande. Apoyó la mano contra la pared junto a la oreja de Aitor y le susurró algo. Yo los contemplaba desde la pista de baile y he de confesar que hacían buena pareja. Estaba esperando que el hombre tomara de la cintura a mi colega y le hiciera bailar como había hecho con las chicas, pero no le dio tiempo. Aitor salió del bar abriéndose paso entre la multitud, con el ceño fruncido y el rostro acalorado.

Salí tras él y lo encontré sentado en un portal, recuperando el oxígeno. Me acerqué despacio. No podía, ni quería, contener la sonrisa al presenciar la justicia irónica del universo. En la misma noche había experimentado en su propia carne lo que era sentirse un trofeo de caza, una presa sexual. Había sido verdugo y víctima. Tenía ante él las dos caras de la moneda.
– Qué, ¿mambo?- le pregunté sin disimular la burla.
– ¡Has visto! Pero… pero… ¡qué chorras!
– ¿Qué piensas ahora?
Me miró con el ceño fruncido, más fruncido que nunca, se notaba que aquel cerebro estaba procesando a su máximo rendimiento.
– Este tipo de bares deberían estar prohibidos.
Se puso en pie recuperando su energía primitiva y el color en la cara, y caminó calle abajo, ajustándose el pantalón, cruzó la acera y desapareció doblando la esquina.

Yo permanecía inmóvil, perplejo, eran las primeras horas del día y fue casi como una revelación. Si en ese momento me hubiera cruzado con otro ser humano la hubiera compartido con él, pero sólo había allí una paloma que parecía igual de perpleja que yo, así que la compartí con ella.
– No lo va a entender nunca-. Puede que la naturaleza sea muy sabia, pero a veces se toma su tiempo…- Hay personas que no lo van a entender nunca.

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