El poder de un regalo

Como todos los días, Clarisa preparaba el desayuno, mientras Juan despertaba a los niños. Era la rutina que más le gustaba, siempre había hecho del desayuno una especie de ritual para empezar bien el día pero de unos años para acá, más que un ritual, se había convertido en su momento especial, el único en el que los cuatro se sentaban juntos a la mesa. Luego el día les separaba, los niños al colegio y su marido al trabajo. Ellos comían fuera, las cenas eran por tandas, sus hijos primero, luego ellos dos solos y los fines de semana casi siempre tenían familiares o amigos.
Pero el desayuno era la ocasión de estar juntos, le gustaba sentarse a la mesa y verles con sus caritas de sueño, empezar el día con todos ellos la reafirmaba en su decisión de haber dejado el trabajo de traductora para quedarse en casa. No se arrepentía.

Juan trabajaba en un estudio de arquitectura que en aquella época estaba empezando y se les acumulaba el trabajo, así que ella decidió abandonar su profesión por un tiempo para poder educar y disfrutar de sus hijos. Nunca les había faltado nada, así que no, no se arrepentía. Aunque también era cierto que a medida que los niños crecían y el negocio de la construcción menguaba, llegar a fin de mes iba siendo cada vez más difícil.

Aún estaba calentando el café cuando sonó el teléfono, se sorprendió de que alguien llamara a esas horas, un poco asustada, salió a cogerlo.
– Clarisa ¿eres tú? -La voz que se oía era de su prima Marta, se escuchaba muy lejana.
– Sí, soy yo, se oye muy mal.
– Ya, ya… no tengo mucha cobertura ni mucho tiempo, perdona que te llame a estas horas, bueno en realidad no sé qué hora es…
– Son las siete y media de la mañana -dijo un poco enojada.
– ¿Tan temprano? Bueno da igual, oye te necesito, no puedes decirme que no.
– ¿Qué quieres Marta? De verdad que no son horas…
– Te pagaré muy bien, bueno mis jefes te pagarán muy bien, serán solo seis meses, o quizás algo más.., como mucho un año, pero repito, te pagarán muy bien.
– Repito ¿qué quieres?
– Que te vengas a Alemania y trabajes para nosotros de traductora -exclamó entusiasmada.
– ¡Estás chalada!
– Sí, pero tú piénsatelo. Te dejo que sale mi vuelo. Seis meses, en Alemania haciendo lo que te gusta, es una oportunidad.
– No.
– Te llamo mañana otra vez y me cuentas.
– He dicho que…-Colgó el teléfono sin terminar la frase, su prima había cortado la comunicación.
Juan apareció por el pasillo.
– ¿Quién era?
– Mi prima Marta, quiere… -Aún estaba procesando el mensaje-. Quiere que me vaya a Alemania unos meses a trabajar para ella.
– ¿Pagan bien?
– Eso dice.
– Creo que deberías hacerlo.
– ¿Quieres librarte de mí?
– Sí, hemos urdido un malvado plan internacional para que te vayas. -Sonrieron cómplices-. No seas tonta, es sólo que parece una buena oportunidad, y tu carrera…
– Ya he dicho que no.

Se propuso no pensar más en ello, pero por más que lo intentó no pudo. Su cabeza no paró de hacer listas de “pros” y “contras”, aunque en realidad sólo había un “contra” importante, separarse de sus enanos. Cuando Juan llegó esa noche, la encontró sentada en la mesa de la cocina con la mirada perdida.
– Ya has tomado una decisión ¿verdad?
– No puedo dejarles.
– No les dejas, se quedan conmigo, y no es por mucho tiempo. Me he pedido una excedencia en el trabajo, me vendrá bien estar en casa por un tiempo y disfrutar de estos pequeños monstruos.
– ¿Pero cómo…?
– Porque te conozco.
Se miraron largamente y tomaron la decisión, juntos.

A la mañana siguiente llamó a su prima y le dijo que aceptaba el trabajo, luego se sentaron a desayunar y les contaron a los niños el cambio que iban a sufrir sus vidas. Ella casi no podía hablar, él, tuvo que, con alegría un poco fingida, transmitir a los niños lo bueno que era que mamá se fuera a Alemania unos meses y lo ‘guay’ que iba a ser hablar con ella a través de la tablet. Los niños no parecieron entender del todo pero les pareció genial la idea de hablar por la pantallita.
Mientras ella empezaba a hacer todos los preparativos para el viaje, él tramó un astuto plan junto con la ayuda de sus hijos. Sin que ella se enterase fue a una tienda del barrio a comprar un regalo, pero no uno cualquiera, sino un regalo que le sirviese para recordar por qué estaba haciendo aquel viaje. Un ancla.
Le contó la historia a la amable dependienta quien le ayudó a encontrar el regalo perfecto. Lo envolvió junto a sus hijos en papel de colores, quedó bastante arrugado, pero sabía que el exterior no era importante. Finalmente, el pequeño distrajo a su madre en un momento mientras el mayor y él guardaban el tesoro en la maleta.
Tres días después el taxi esperaba en el portal y su familia se despedía en la puerta. Clarisa lloró todo el viaje, sentía un dolor inexplicable, separarse de ellos era… lo más difícil que había hecho, pero su marido tenía razón, necesitaba volver a trabajar en lo suyo, en lo más interno lo sabía, al igual que sabía que Juan cuidaría de los niños y se merecía poder estar con ellos una temporada.

Llegó a la casa que le habían alquilado, aún con el cuerpo revuelto, posó la maleta en la cama y se dispuso a deshacerla sin ganas pero al abrirla descubrió un paquetito envuelto, lo cogió y sin siquiera abrirlo su rostro dibujó una amplia sonrisa.
Lo posó encima de la cama, quería retrasar el momento y abrirlo con ellos cuando hicieran la vídeo conferencia en unas horas. Deshizo la maleta y se dio una ducha. Al volver al cuarto vio el regalo y no pudo aguantar más. Rasgó el papel y descubrió una taza con una foto de los cuatro y un mensaje grabado “Siempre juntos”. Su rostro se llenó de lágrimas de felicidad, era el mejor regalo que podía imaginar, así seguiría desayunando con ellos todos los días aunque estuviera lejos.
Hay quien vería en esto una tontería, un detalle insignificante, pero no se trataba de la taza como objeto sino de la energía que encerraba. Aquella taza le recordaba que, aunque hubiese miles de kilómetros físicos de distancia, seguía estando con ellos, pues ese era el motivo de estar allí.
Todas las noches hablaban por la tablet, así se iba con una sonrisa a la cama y a la mañana siguiente cuando despertaba, su cabeza sólo estaba centrada en hacer bien su trabajo. Tenía claro su objetivo y cuando la meta está clara, los problemas sólo son una parte más del camino. Los meses pasaron rápido, hizo bien el trabajo, no se permitía distracciones y una mañana estaba de nuevo en el taxi con la maleta rumbo a casa.
Guardó la taza como recuerdo, no de sus hijos, sino de la lección que, gracias a ellos, había aprendido en el viaje. Los problemas son sólo una parte más del camino y los que están en tu corazón, siempre estarán ahí.

Relato inspirado por
Turegalopersonalizado.com

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8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. ~Aileen~ dice:

    ~…los detalles siempre van con la esencia de quien te los ofrenda, lindo relato!~

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    1. KativaWorks dice:

      cierto eso es lo bonito 🙂 Gracias!

      Le gusta a 2 personas

  2. Gatopardo dice:

    ¿Os estáis pegando un atracón de Paulo Coelho, Bucay y gente por el estilo o qué?

    «Es con los buenos sentimientos con los que se hace mala literatura» decía Gide.

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    1. KativaWorks dice:

      Jajajajja!!! Más bien nos obsesionamos con sacar el texto y eso nos llevó a forzar las notas. Lo tendremos muy en cuenta. Mil gracias por la crítica!!

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  3. Charo dice:

    Una historia de premio!!!
    Preciosa y muy emotiva. Son estas pequeñas cosas los que marcan la diferencia.
    Enhorabuena.

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    1. KativaWorks dice:

      Jejeje Sip 🙂 Muchas gracias Charo por estar y por tus amables comentarios. Un abrazo!!

      Le gusta a 1 persona

  4. Tu Regalo Personalizado dice:

    Precioso mensaje, yo no puedo ni terminar de leerlo en voz alta.!! Es todo corazón!!

    Le gusta a 3 personas

    1. KativaWorks dice:

      Es lo que inspirais 🙂

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