El Chiste de la Vida

—La vida es un chiste y si lo pillas, te ríes. —Ese era el mantra que regía la vida de Ramón Cotto. Lo había aprendido desde muy joven y solía repetírselo a sus amigos cuando tenían un problema. —Todo tiene su lado gracioso, sólo hay que encontrarlo.
—A veces eres de un positivo que da asco —le decían ellos a menudo.
—Tú construyes tu propia realidad, tus pensamientos crean lo que te sucede. La vida te da lo que necesitas para aprender y avanzar, siempre y cuando lo hayas entendido —contestaba Ramón con su característica sonrisa de medio lado y su encogerse de hombros—. Además, si vas a ver la parte negativa de la vida, mejor te quitas de en medio y ahorras al mundo tu pesimismo.
—Un día vienes conmigo al trabajo y le explicas eso a los enfermos de mi planta —le respondía su mejor amiga, Ana, doctora en el hospital de la ciudad.
—Sólo digo que si no vas a disfrutar de la vida, mejor estar muerto.

Lo cierto era que Ramón no se podía permitir mostrar negatividad ante sus allegados. Su mayor poder eran el entusiasmo y la positividad, así que guardaba todo lo negativo para su interior y presentaba al mundo una perpetua sonrisa como escudo ante los problemas, pues bastantes había ya en el mundo como para volcar él uno más.

Un día a la salida de una discoteca, a altas horas de la madrugada tras un largo debate con sus amigos sobre el tema, un borracho se saltó el semáforo y atropelló a Ramón Cotto. Sucedió tan rápido que no le dio tiempo ni a pestañear. Su sonrisa no le sirvió de escudo.

Despertó tiempo después en el hospital, tras un largo coma, pegado a una camilla con un diagnóstico difícil de digerir, lesión medular extrema con parálisis total. No podía mover un músculo de su cuerpo. Sólo movía los párpados y los médicos de aquel hospital, con pocos recursos, lo habían diagnosticado como espasmos. Tenía la mirada perpetua clavada en el fluorescente del techo y de vez en cuando escuchaba voces a su alrededor que le resultaban lejanas y conocidas.

La angustia se apoderó de él, su existencia pasó a un estado de no tiempo donde el día y la noche habían desaparecido. El futuro se convirtió en pasado y sólo existían recuerdos de buenos momentos que jamás volverían, recuerdos de estar vivo. No había forma de comunicar tal angustia y deseaba estar muerto.

La angustia se diluyó entre recuerdos y estos dieron paso a las reflexiones. Postrado en aquella camilla sentía adquirir sabiduría sobre las cosas importantes de la vida. Pagar las facturas, las peleas en el trabajo, las broncas y los enfados a lo largo de su vida, todo lo que no se había atrevido a decir por miedo… todo pasaba constantemente por su mente. ¡Ah, qué absurdo resultaba todo ahora! Cuánto tiempo perdido en problemas que no tenían ya ningún valor. Qué fácil se veía todo desde aquella cama y qué confundido había estado durante su vida.

La positividad fue volviendo a su mente. Comprendió que si estaba pasando por ese trauma era para aprender la lección, y ahora que ya lo había hecho el siguiente paso era curarse. No tenía sentido pasar por todo aquello si no podía contarlo. Conocía perfectamente el poder de la mente y sabía de casos parecidos de personas que habían sanado “milagrosamente”.

Lo primero era comunicarse con alguien y mostrarle que estaba consciente. Sólo podía utilizar los párpados así que decidió recurrir al código morse. Por supuesto, él no tenía ni idea de cómo era aquel código, pero se prometió a si mismo estudiarlo en cuanto lograra alzarse de aquella camilla.

Un día, o tal vez fuera una noche, escuchó la puerta de la sala abrirse. No podía desviar la vista de la luz del techo así que puso toda su concentración en el oído tratando de descubrir quién acaba de entrar.

—Cierra la puerta. —Era la voz de su amiga Ana, parecía que iba acompañada de alguien.
No podía verlas pero sí percibía que estaban a su alrededor, sus sombras se deslizaban tenues por la pared. Ana era doctora, sin duda era su mayor baza para comenzar la recuperación, ella se percataría de que estaba consciente y pondría los medios para ayudarle. Parpadeó con un ritmo marcado e intencionado llamando la atención de las sombras con todo el poder de su mente.
—¿Estás segura? —preguntó la segunda voz, no lograba distinguirla con nitidez pero estaba seguro de conocerla también.
—Es lo que él siempre decía, se lo debemos… ya está hablado.
Escuchó un pitido ahogado que se fue acelerando poco a poco hasta convertirse en un ruido constante.

Parpadeó una, dos, tres veces. Nadie se percató.

Qué ironía, pensó en su última reflexión, cuando más necesito comunicarme es cuando menos posibilidad tengo de hacerlo… lo he comprendido al final y no puedo compartirlo con nadie. A su cabeza volvió una de sus frases “Si no vas a disfrutar de la vida, mejor estar muerto”. Sonrió ante aquel chiste, o más bien sintió la sonrisa en su interior porque ningún músculo se movió, sólo hubo una descarga de endorfinas y con ellas se fueron sus recuerdos junto a todas las palabras que no dijo.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Tu Regalo Personalizado dice:

    Mi reflexión sobre este relato sería… no dejes de decir lo que tiene dentro, quizás no tengas oportunidad de hacerlo después. Sobre la mitad del relato solo me repetía… “si el alma pudiera hablar”, se salvaría!!

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    1. KativaWorks dice:

      Pues pillaste el chiste de la vida Enhorabuena!! Muy buen análisis!!! Gracias por comentar y aportar. Un abrazo, seguimos conectados!! :*

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