Sísifo.

No había nadie en la calle, tan sólo un coche blanco frente al acantilado parado bajo una farola que proyectaba la única luz que alumbraba la estampa.
En su interior, sentada en el asiento del conductor, ella trataba de dar respuesta a toda la cadena de desgracias que la habían llevado de nuevo a la casilla de salida.
—¿Qué sentido tiene? Es un bucle eterno y siempre vuelvo al mismo lugar, aquí, frente al acantilado. Luchas y luchas y la vida te vuelve a poner otra vez en el mismo lugar. Nadar a contracorriente sin avanzar.
—Sara… ¿qué dices tía?
—Que me canso, me canso ya de luchar. Es como… no, sé, supongo que da igual.
—De verdad te lo digo, que no te está sentando bien estudiar filosofía.
—Es que me da igual todo. Todo. De qué sirve estar aquí si no vas a lograr nada. Si lo único que hace el tiempo es ir destruyendo sueños. ¡Jóder! Si es que encima la teoría me la sé, sé lo que tengo que hacer. Veo mis errores y no los puedo cambiar, y cuando por fin lo consigues, para una vez que lo logras, la vida te suelta una ostia y te vuelve a poner donde estabas. Cuando pensabas que habías avanzado ¡una mierda que te comas!, vuelves otra vez al mismo puto lugar.
—Me estás empezando a dar yuyu.
—Te cuentas a ti mismo que has avanzado, que has logrado algo. Pero en el fondo, en tu interior, sabes que es una milonga que te estás contando. Sabes que es mentira, es un cuento como el que le cuentas a un niño que te mira confiando en que tus palabras encierran alguna verdad pero luego crecen y descubren que les han mentido durante años, como a todos.
—No sé lo que está pasando, pero me estás asustando. Sé que ahora estás atravesando un mal momento, sé de lo que te hablo porque yo también he pasado por lo mismo. Parece que estás en un pozo pero hay salida, de verdad, sólo es cuestión de cambiar.
—¿Cambiar qué? ¿Y si no quiero cambiar? ¿Y si no tengo fuerzas para cambiar? Ese es el problema, que puedo inventar mil mentiras pero me canso, no cambia nada. ¿Qué pasa si no puedo cambiar porque no quiero? o… ¿si no quiero cambiar porque no puedo? Y no hay más opciones, aprender o sufrir, ¿qué clase de condena es esta? Pues yo tengo otra opción…
—¿Dónde estás?

Colgó el teléfono sin dar ninguna respuesta.


Respiró hondo y soltó el aire con la misma fuerza que había soltado las palabras. Estaba dispuesta a ir a casa y tranquilizar, quizá con una copa de vino o un orgasmo, en el fondo sólo necesitaba desahogar su frustración liberando sus penas con una amiga, con una de las que tampoco entendían más allá de mirarse al espejo y cotillear sobre los famosos de moda. Posiblemente la había alarmado demasiado pero no tenía ninguna gana de ponerse a dar explicaciones y menos después de haber liberado la ansiedad acumulada en los últimos desastrosos días. Encendió la radio buscando alguna emisora que sintonizara con su estado de ánimo pero el sonido que le llegó fue el de la puerta del copiloto cerrándose de golpe.

—Venga, la cartera —le exigió una voz masculina mientras le mostraba el filo de una navaja—. Venga, ¡rápido!—Ella se quedó observando la mano temblorosa que sujetaba el arma, era un hombre delgado de menos de treinta años con barba, melena y voz temblorosa pero mirada despierta, con penetrantes ojos azules. Parecía sacado directamente de la década de los ochenta.
—Te has equivocado de día, chaval. -le espetó con una sonrisa de medio lado.
Aquello era la gota que colmaba el vaso. Hundió el pie en el acelerador, la rueda chirrió con un derrape y el morro del coche se inclinó despeñándose colina abajo. Los arbustos y maleza rozaban el cristal con golpes sordos mientras ellos daban bandazos de un lado a otro del asiento. No había mucho peligro en la caída si no fuera porque la pendiente terminaba en un abrupto acantilado con una caída en vertical de más de cien metros.
—¿Qué haces chiflada? —El joven yonki no entendía nada.
—Resulta que hoy es un mal día, resulta que hoy me he dado cuenta de que la vida te da cosas para luego quitártelas, se burla de nosotros con este tipo de chistes, a mí sólo me da palos, muy bien, pues ahora voy a poner solución y tú te vienes conmigo.
—¿Pero a ti quién te dijo que tenían que regalarte nada? ¿Firmaste algún tipo de contrato con la vida o qué? No sé, igual es que la vida te debe algo a ti y quieres que te paguemos los demás.
— ¿Cómo lo vas entender? Debes de tener el cerebro frito. No sé por qué te preocupas tu vida tampoco parece que valga la pena vivirla…
—¡Sísifo! —gritó él invocando alguna especie de espíritu que pusiera freno a aquella locura. Al escuchar esa palabra ella reaccionó y volvió a hundir el pie en el pedal, esta vez en el del freno. Sin duda aquello era lo último que esperaba escuchar de un yonki.

La rueda volvió a chirriar, derrapó esta vez al borde del acantilado, el morro quedó asomando al precipicio.
Los dos respiraron aliviados en su interior. El corazón les latía con más fuerza que nunca.
—¿Qué has dicho?
— Sísifo. Está condenado a subir eternamente una roca por una montaña para que una vez arriba caiga y tenga que empezar de nuevo. Es lo que hay, su única salvación es disfrutar de su condena. Aprender que aunque parezca que los días son iguales, no lo son.

Ella le miró directamente a los ojos, la había dejado descolocada. Se vio reflejada en su mirada azul intenso, no podía hablar, solo necesitaba llorar. Él por instinto, le dedicó una sonrisa amplia y amable, Sara sintió que se sonrojaba, no se fijó en sus dientes amarillentos, ni sus ojeras ni su pelo enmarañado, ni siquiera se percató de su olor. Sólo sintió que alguien la escuchaba y entendía. Sus músculos se relajaron, ¿tal vez aquello fuera uno de esos azares del destino y haber sufrido tanto le llevaría a encontrar al amor de su vida?

-Gracias… -musitó, sintiendo como el corazón se le aceleraba otra vez, pero con distinto significado.
-Raúl, me llamo Raúl aunque todos me llaman Rulo.
-Yo Sara -lo dijo acercándose hacia él para darle dos besos, un poco por costumbre un poco por nervios pero al girarse su pie pisó sin querer el acelerador.

El coche emitió un bufido y se movió hacia adelante unos metros, lo justo para que el vehículo cayera por su propio peso hacia el vacío. Ninguno de los dos pudo hacer nada.

Lo último que a Sara le pasó por su mente fué la imágen de Sísifo aplastado por su propia piedra.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gatopardo dice:

    Buen relato, salvo la parte del diálogo con la amiga, que como interlocutora usa frases demasiado manidas y estereotipadas, que literariamente empobrecen el texto.

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    1. KativaWorks dice:

      Gato pardo gracias tus comentarios siempre nos hacen crecer, el diálogo fue un poco intencionado pero si empobrece el texto pues le daremos una vuelta😉 Gracias por tomarte tiempo de leer, comentar y aportar. Un abrazo seguimos conectados!

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  2. gaterio dice:

    BRUTALMENTE ESTREMECEDOR

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    1. KativaWorks dice:

      Muchas gracias!!!!!! Nos alegramos que te haya gustado 🙂 Gracias por pasarte y comentar. Un abrazo, seguimos conectados!

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  3. Tu Regalo Personalizado dice:

    Me ha parecido precioso pero los hubiese dejado al borde del acantilado y no precipitándose, aunque solo fuese por dar ánimos a las personas que lo lean y estén en el mismo trance!!

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    1. KativaWorks dice:

      Mmmmmm…. a veces un final feliz no es el más inspirador o el que anima… quizás al ver la “tontería” o ironía en la situación de Sara, te de el impulso para salir de un bucle… nunca se sabe. Gracias por estar, comentar y aportar, quizás hagamos otro texto cambiando el final en un universo paralelo dónde Sara y Raúl tengan oportunidad de aprender y salir adelante :-). Un abrazo, seguimos conectados!!!

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