La melodía.

Veía sus lágrimas caer, temblar su piel como si todo el frío del mundo la envolviera
sólo a ella. ¡Era tan frágil!

Era curioso cómo ahora la veía tan pequeña, hasta hace poco él la miraba desde abajo
como si fuera un gigante que pudiera con todo. Y ahora se había hecho pequeña, él era
quien la miraba desde arriba, quién la abrazaba. No sólo porque fuera más alto que
ella, sino porque su cabeza se había parado en algún momento de su historia. Era una
niña que todos los días descubría algo nuevo, aunque fuera lo mismo una y otra vez,
sus recuerdos se habían borrado, cada amanecer era como volver a nacer pero no era
poético, no era bonito.

A él le había costado mucho aceptarlo, aceptar y comprender que su madre, ya no era
su madre, que no se acordaba de llevarle al parque, ni de su plato favorito, ni de su
graduación, ni de su boda, ni de sus nietos… no se acordaba de sus recuerdos, ni los de
él, ni de los suyos propios. Algunas cosas era bueno no rememorarlas, eso pensaba al
principio pero ahora que no sabía ni su nombre preferiría que se acordara de todo, de
lo malo y de lo bueno.
Cada vez que iba a verla volvía a casa frustrado, quería que supiera que era su hijo, que
iba a verla, hablar con su madre no con una mujer que le miraba como a un extraño, y
eso los días buenos, los malos ni siquiera se acercaba a saludarle. Pasaba a su lado sin
mirarle y él tenía que irse por donde había venido.
Las últimas tres veces que había ido a verla, había pasado exactamente lo mismo, no
había conseguido ni que le mirara. Después de eso decidió no ir más.
Cuatro meses tardó en volver.

-Total ¿para qué voy a ir si no sabe que he estado, si no se da cuenta de nada, ni de
que soy su hijo, ni de que estoy ahí? -contestaba malhumorado cuándo alguien le
preguntaba.

Pero hoy, hoy se sentía esperanzado. La otra noche estaba durmiendo a su hija
pequeña, un bebé de apenas siete meses, le cantaba una canción y la niña le sonreía al
escucharle.

-Mira como reconoce la voz de su papá -dijo su mujer.

Se le encendió una bombilla, la niña no reconoce las palabras, pero si entiende quien
las dice y que significado tiene que le canten, sabe que al escuchar una canción se
duerme, se calma, sonríe. Entiende la sensación.
Su madre era ahora una niña, no podía esperar de ella una comprensión adulta.
Así que desempolvó su vieja guitarra, aquella que le regaló cuando cumplió los quince,
aquella que aporreó levantándole dolor de cabeza durante los siete años siguientes,
hasta que se independizó. La guitarra que recuperó al deshacer la casa de su madre, la
que guardó en el trastero sin mucha ceremonia. La cogió y se encaminó a la residencia.
Todo el camino fue concentrado en qué su madre tuviera un día bueno y le dejara
hablar con ella pero al llegar allí, ella no le dejó ni acercarse.

-Lo siento, lleva una temporada peor, ya casi ni sale de su cuarto. Vuelva otro día,
quizás tenga más suerte –le dijo la enfermera encogiéndose de hombros.

Estuvo tentado a hacerlo, pero al darse la vuelta la guitarra chocó contra un banco
haciendo que sonara y ella se giró curiosa.
Él agarró la guitarra, notando como un sudor frío le recorría la espalda, pero tenía que
hacerlo, era ahora o nunca, sabía que si se iba, quizás nunca volviera.
Comenzó a aporrearla y cantar una vieja canción que había hecho para su madre hacía
muchos años, no sonaba bien, nada bien, él parecía un gato al que le han pisado la
cola, y la guitarra estaba desafinada por completo, pero no importaba, tenía que
seguir. Ella se iba acercando poco a poco hasta su posición.

-Suena horrible -dijo ella, y él dejó de tocar.
-Lo siento, ya me voy.
-No, me encanta hijo suena horrible pero es preciosa. -Y le mostró una enorme sonrisa.

Él la abrazó con todas sus fuerzas durante varios minutos. Luego se sentaron juntos en
el banco del pasillo sin dejar de mirarse a los ojos.

-Te he echado de menos madre.

Ella se puso a llorar y a temblar.

-Lo sé hijo yo también pero no está en mi mano volver. Recuerda que te quiero, eso es
lo único importante y perdóname si yo lo olvido.

Nunca más volvieron a encontrarse, su madre nunca más volvió, él iba a visitarla
sabiendo que era una extraña, hasta el día que se fue del todo. No sintió nunca más
decepción ni rabia, no sintió dolor en la perdida, hacía tiempo que se habían
despedido.

Libro “Otro Sentido. Relatos desde la caverna”

2 Comentarios Agrega el tuyo

    1. KativaWorks dice:

      🙂 Gracias, un abrazo!!

      Me gusta

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