Un regalo inesperado.

Raúl sonreía cada vez que oía el pitidito que emitían los códigos de barras al pasar por la caja, no sabía muy bien porqué ese sonido le hacía sonreír, o quizás sí lo sabía, ese sonido le decía que había triunfado y eso hacía que pudiera comprar todo lo que deseaba, cada pitido era como si una de sus tristezas o ansias de cuando era niño se borrara  de su memoria.

Cada paquete que la cajera pasaba por el escáner le devolvía a las veces que se había parado enfrente de un escaparate observando un objeto de deseo que no podía comprar, le devolvía ese sonido a las mañanas de reyes en las que con desilusión descubría que sus anhelos no se había materializado… ¡Ah! Pero ahora, ahora todo era distinto, podía comprarlo todo, tenerlo todo y eso era una magnífica sensación.

La cajera terminó de pasar toda la compra y él recogió todas sus cajas notando las miradas de envidia del resto de la cola, que poderoso se sentía… luego pasó al mostrador en el que dos chicas te envolvían los regalos en el mismo papel, con los mismos lazos y el mismo mensaje “espero que te guste”, aunque él ya sabía que iban a gustar, eran lo mejor de lo mejor.

Llegó a su casa y dejó su compra debajo de un gran árbol sobrecargado de adornos y se sentó enfrente a observarlo. ¡Que espectáculo! Esa visión era… ¿vacía? De pronto un fragmento de recuerdo cruzó su mente, recordó a sus padres envolviendo paquetes en diferentes colores, escribiendo notas personalizadas para cada uno que siempre completaban el regalo, ese único y simple regalo que recibían, regalo que normalmente eran cosas útiles, material escolar, ropa de abrigo, pijamas nuevos etc… nunca era el circuito de carreras, ni el barco pirata, y mucho menos la ansiada consola… cómo mucho algún año caía un juego, o muñecos con nombres que no conocían y por supuesto eran juguetes para todos, nunca eran para él solo… sacudió la cabeza y miró a su alrededor, en su salón había una enorme mesa en la que debajo de un metacrilato se podía ver un enorme circuito de coleccionista, al fondo un gran centro de entretenimiento en el que se podía ver una gran televisión, con todos los aparatos que la acompañan, y rodeándola todas las consolas del mercado perfectamente alineadas. No, no le faltaba nada, realmente tenía todo lo que podía querer y más.

Miró su reloj, deseando que el tiempo pasara más rápido, que ya fuera mañana para ver las caras de sus familiares al descubrir los regalos. Sabía que todos esperaban ese momento, sabía que en su casa todos tendrían lo mejor. Lo sabía y le hacía sentirse importante. Él era el mejor rey mago. Es más, hacía tiempo que no pedía nada a nadie que no fuera a sí mismo, estaba cansado de los regalos que le hacían los demás, dibujitos de los niños, calcetines y corbatas, fotos de familia… eso no eran regalos. Volvió a mirar su gran árbol lleno de grandes paquetes, sonrió satisfecho y se fue a acostar.

Se despertó ya rodeado de los gritos de los niños de los vecinos y corrió a su salón para abrir su propio regalo antes de que llegara la familia pero al llegar al salón se quedó paralizado, tuvo que frotarse los ojos y pellizcarse para saber si estaba despierto o era una pesadilla, miró horrorizado hacia el abeto, debajo de él no había nada, todos sus paquetes habían desaparecido. Buscó por toda la casa, pero no encontró nada, luego pensó que quizás le habían entrado a robar e hizo inventario de todas sus posesiones, pero no le faltaba nada más que los regalos, se tiró al suelo desesperado, con una rabieta de niño pequeño, entonces fue cuando vio un pequeño paquete envuelto en papel de periódico y acompañado de una nota “esto es lo único que necesitas, el regalo más completo” miró a su alrededor esperando que aparecieran sus padres, aunque eso fuera imposible, luego pensó que quizás fuera una jugarreta de sus hermanos.

-Venga va, salir ya -dijo en alto forzando una carcajada a desgana-, que buena broma -no hubo respuesta- ¡Qué salgáis ya! ¿Juan? ¿Marta? ¿Luis? ¡Os juro que como no salgáis ahora mismo os quedáis sin regalos!

Nadie contestó, allí no había nadie. Raúl miró el  paquete que aún tenía en su mano, rasgó el papel de periódico y descubrió una linterna. Una linterna pequeña, normal y corriente, de esas que se tienen en la mesilla de noche, ni siquiera era una linterna buena, de último modelo, de led… no, era una linterna de pilas de las de toda la vida. La tiró cabreado contra el suelo y al golpearse se encendió proyectando su luz contra la pared. Se quedó mirando ese círculo luminoso y en su cabeza oyó la voz de su abuelo contando una de esas historias que tanto le gustaban, su abuelo era un magnífico orador, siempre había conseguido llamar la atención de los más pequeños con esos cuentos que acompañaba creando sombras en la pared, ¡qué miedo les daba cuando aparecía el lobo! Se agachó a recoger la linterna y sin pensar la encendió y la apagó varias veces.

-¡Mi general! creo que Martínez está pidiendo ayuda, está haciendo la señal de S.O.S

La frase salió sola por su boca y comenzó a reír recordando la cantidad de veces que había jugado a la guerra con sus hermanos, su padre les había enseñado las señales de morse con su vieja linterna y ellos las utilizaban para sus juegos, incluso para comunicarse pensando que sus padres no entendían lo que se decían.

Una imagen aún más antigua acudió a su cabeza, el olor de bizcocho de frutas recién hecho, el desayuno especial que su madre hacía cada año en la mañana de reyes, el momento en el que todos se ponían en fila detrás de su padre que portaba la vieja linterna y se dirigían al salón nerviosos para ver qué les habían traído los reyes, el momento en que aún sentía la ilusión.

Miró su reloj, faltaba menos de una hora para que aparecieran sus hermanos y sobrinos. Se puso nervioso, tenía un montón de cosas que hacer antes de que aparecieran.

Se duchó rápidamente y se dirigió a la cocina. Luego quitó el metacrilato de su circuito, y bajó al suelo las consolas y los juegos de mesa. El timbre sonó y apagó todas las luces salvo la de la linterna. Con una sonrisa se dirigió a abrir la puerta.

-¡Bienvenidos al día de reyes! Juan tu eres el mayor te cedo los honores -dijo tendiendo la linterna a su hermano.
-¿Estás bien?-preguntó su hermana con tono maternal.
-Estoy mejor que nunca, enserio, Juan sabes lo que hay que hacer.

Su hermano agarró la linterna, el resto se pusieron en fila detrás de él,indicando  a los niños que hicieran lo mismo, aunque no entendían muy bien qué pasaba.

-¿A que huele?-quiso saber su sobrina más pequeña mientras olfateaba la sala
-Huele a bizcocho de frutas -dijo Luis con la voz entrecortada-. Es el bizcocho que hacía la abuela la mañana de reyes.

Todos acudieron al salón con el ritual que hacía casi tres décadas que no hacían y llegaron a la enorme estancia para ver que no había regalos, pero no importó. Se sentaron  a la mesa a comer el bizcocho, contando historias viejas y luego jugaron con los niños a todo lo que se les ocurrió. Disfrutaron la velada como nunca, rieron y lloraron acordándose de sus padres y abuelos, conectaron igual que cuando eran pequeños y se sintieron familia nuevamente.

Antes de que se fueran Raúl se acercó a sus hermanos.

-Teníais razón, me habéis hecho el mejor regalo. Gracias.
-¿De qué hablas?
-¿No habéis sido vosotros los que me habéis quitado los regalos y me habéis dejado una linterna?
-Ay “Ruli” ¿qué dices? me estás asustando –dijo su hermana mirándole de arriba abajo.

Él les miró y se dio cuenta que realmente no sabían de qué hablaba. Daba igual quién había sido, no le importaba realmente. Se echó a reír y les abrazó a cada uno de ellos.

-No me hagáis caso, pero de verdad que gracias, estoy deseando que llegue el próximo año.

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