Remedio Natural

La radio estaba rota, no había duda, después de más de veinte años aquel cacharro rudimentario emitió su última interferencia, como si fuera un estertor, y dejó de funcionar.
—Lo siento Berta, pero me tengo que ir —El viejo Balta trató de explicarle a unos ojos que le miraban inocentes con la cabeza medio ladeada—, sabes lo que toca, no me mires así, no tenemos otra opción —sabía que a ella no le hacía ninguna gracia que abandonase el hogar—, ya sé que no te gusta, pero tenemos que bajar al pueblo —aunque realmente a quien no le hacía ninguna gracia mezclarse con la civilización era a él—. Está rota, no le des mas vueltas. ¿Quieres seguir escuchando música? Pues tengo que bajar al pueblo.

Llamar a aquel cacharro ‘radio’ era todo un derroche de generosidad. Se trataba de una batería enchufada a dos patatas, que generaban la suficiente energía como para activar el receptor de señal y amplificarla por un altavoz. Sólo tenía un uso, llenar de música clásica la cabaña apartada en el monte donde vivía el viejo Balta con su huerto, sus cerdos, ovejas y gallinas y su inseparable compañera Berta, una oveja joven a la que había tomado cariño y que algún día se terminaría comiendo.

Después de hacer de tripas corazón, se despidió de su amiga ovina e inició el descenso hacia el pueblo con un pequeño fajo de billetes que guardaba para casos de emergencia como este. Hacía más de veinte años que no recorría aquel camino.

La primera parte era un descenso de varias horas atravesando el campo virgen, hasta llegar a una vereda de tierra que continuaba otras tantas horas para llegar por fin al asfalto, la carretera que descendía en curvas hasta el pueblo. Odiaba el asfalto, era el virus de la humanidad cubriendo las venas de la tierra para que no pudieran respirar.

Salió de su casa, allá arriba en el monte, hacia las cinco de la mañana y cuando llegó al pueblo eran las seis de la tarde. Mucho había cambiado todo en solo veinte años. Lo primero que le sorprendió fue ver casas donde antes no las había, como si el propio pueblo necesitara comer más espacio a la naturaleza para seguir hinchándose, y asfalto, mucho más asfalto que la última vez. Los edificios eran más altos, las paredes estaban mejor pintadas, los carteles tenían más color, todo se veía más… moderno. Entonces reparó en que llevaba varias calles recorridas y no se había cruzado con ninguna otra persona.

Las tiendas, las aceras, los parques, todo estaba desierto, el silencio se había apoderado de la civilización. Los comercioss tenían las verjas echadas, por las calles sólo circulaban restos de bolsas de basura arrastradas por el viento y los columpios pendían quietos en un parque donde nadie jugaba. ¿Tal vez la humanidad se había ido finalmente al garete? Ya era hora…

Agradeció no tener que cruzarse con ningún otro humano, pero no agradeció tanto que no hubiera una sola tienda donde comprar una radio. Daba igual qué tipo de radio, sólo necesitaba el mecanismo receptor que había en su interior para reparar su rudimentario invento. Encontrar una radio, dar el paseo de vuelta cuesta arriba y volver a su refugio con sus plantas y animales a escuchar música clásica, eso era todo. Pero las calles se encontraban desiertas.

Finalmente llegó a un gran edificio que parecía tener las puertas abiertas y luz en el interior. Un hombre salió de dentro cargado con bolsas de plástico y miedo en el rostro, al ver a Balta se apresuró hacia su coche y desapareció.
El edificio era lo que llamaban un Centro Comercial, donde se vendían todo tipo de productos para la supervivencia y otro tanto más que, a su juicio, no servían para nada. De los primeros, los de comer y sobrevivir, apenas quedaban, sin embargo de las otras había de sobra. Buscó, entre modernos aparatos con grandes pantallas, el transistor más antiguo de la tienda y después se dirigió a la caja donde le esperaba un trabajador con una mascarilla cubriéndole el rostro.

—¿Sale usted sin mascarilla a la calle? —preguntó el cajero sorprendido mientras tomaba la radio para cobrar.
—Sólo vengo a comprar una radio.
—¿No sabe que estamos en alerta máxima?
—Sólo sé que necesito una radio.
—¿Vive usted en el monte? Hay una epidemia de gripe, estamos bajo alerta. En la tele dicen que no salgamos a la calle y evitemos el contacto con desconocidos.
—Eso intento. Gracias. —Intercambió parte de los billetes que había cogido por la radio menos moderna que encontró y se fue de allí sin más contacto del necesario.

El camino de regreso siempre resultaba más cansado que el de ida, aunque las ganas de regresar a su apartado refugio siempre le hacían caminar más rápido. Pero esta vez era diferente, esta vez notaba que el cuerpo empezaba a fallarle. Sentía un calor inusual dentro del pecho y los pulmones comenzaban a arder.

—Gripe —masculló cuando dejó atrás la vereda para adentrarse en los senderos del monte que sólo conocían él y los lobos. Por allí se fue tosiendo cada vez más fatigado.

Al llegar a casa eran cerca de las 7 de la mañana, el viaje había durado casi 24 horas. Notaba el pecho caliente y temblaba de frío. A sus ochenta y muchos años reconocía perfectamente aquellos síntomas, se sentía febril y algo débil, la edad empezaba a pasar sus facturas y los únicos seres vivos que tenía cerca para cuidarle eran cerdos y gallinas, vacas y ovejas, y por supuesto, su incondicional amiga Berta.

Puso al fuego la vieja olla con agua y echó dentro una raíz de regaliz, hojas de llantén y tomillo y finalmente unas hojas secas de eucalipto. Desmontó el aparato que acababa de comprar, guardando las piezas cuidadosamente, y conectó el receptor a su rudimentaria radio que respondió con un fragmento del ‘Dúo de las flores’ de Leo Delibes. La música embriagó la casa mientras esperaba a que la infusión terminara de hervir. Vertió un poco en un cazo y salió fuera con una botella de licor de hierbas en la otra mano para acompañar. Berta no tardó en aparecer, acercando el hocico curiosa como si quisiera conocer de las noticias que traía el viejo de la civilización.
—Estos humanos van a peor, hazme caso Berta —Apuró el cazo con la medicina y después dio un largo trago a la botella de licor mientras el sol se levantaba sobre las cimas liberando de sombras el valle en un nuevo amenecer. El líquido le quemó la garganta arrastrando parte de la fiebre, los temblores y el ardor del pecho—, ahora tienen miedo de un catarro.

10 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Olga ©Rubal dice:

    Qué bueno. No esperaba este giro. Me llevaba a pensar a la lógica de una epidemia, cuando se trataba de evidenciar el giro neurótico que había dado el mundo con su obsesión a los aséptico.

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    1. KativaWorks dice:

      XD Gracias Olga… la vida siempre da giros 😉 Un abrazo, seguimos conectados!

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  2. Lothrandir dice:

    El inicio engancha, fascina, y el desarrollo de la trama es sensacional, en mi opinión. Por cierto, deliciosa la referencia al “Dúo de las flores” en un texto sobre remedios naturales. Buen relato. Un saludo.

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    1. KativaWorks dice:

      Muchas gracias Lothrandir nos alegra que te haya gustado y hayas entendido 🙂 Un abrazo, seguimos conectados!!

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  3. Excelente relato. Apetece leerlo y releerlo.

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    1. KativaWorks dice:

      Oh muchas gracias francisconaval ☺Un abrazo!!

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  4. erotismoenguardia dice:

    Me ha atrapado este relato!!

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    1. KativaWorks dice:

      Wow mil gracias erotismoenguardia, nos alegra. Gracias por comentar y compartir. Un abrazo!!

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