Ira.

Mi boca tenía un horrible sabor a hierro, apenas sí podía incorporarme, sentía un martilleo constante en mis sienes, estaba sudando y olía como si hiciera semanas que no pasaba por el agua. Quizás fuera así, dada la imagen de desorden que vislumbraban mis ojos entreabiertos. La verdad no reconocía aquella estancia. La persiana estaba…